Este serrano de Córdoba, a quien los hacedores de la historia oficial le restaron méritos, fue el protagonista de uno de los hechos trascendentes de la patria gestante que buscaba encaminarse hacia una nación federal, pese al esfuerzo denodado de los porteños.
El Motín de Arequito evitó mantos de sangre, selló
el deseo de una patria sin reyes europeos, la caída de un idiota, la búsqueda
de acuerdos entre provincias y la verdadera unión del pensamiento federal del
interior y sus caudillos.
Juan Bautista Bustos mereció mucho más que el cuasi
olvido en nuestros libros de historia de la escuela. Hoy sus comprovincianos lo
rescataron, aunque los porteños no quieran tener ni una sola calle con su
nombre, a pesar de su destacada actuación en las invasiones inglesas a los
Malos Aires.
Secuelas
y consecuencias.
Cuando se estudia la historia de las guerras civiles
argentinas, particularmente el inicio organizativo de Unitarios y Federales,
nos encontramos con personajes que fueron modificando su postura ideológica en
la medida que se conocían las “plataformas” de ambas fracciones.
No fue un movimiento puntual, fue el resultado de
muchos años donde “el puerto” fue, sino la principal, una de las causas de las
divisiones de intereses.
Por esta razón de “darle tiempo al tiempo”,
nuestros próceres parecen cambiar de bando pareciéndose al “panquequismo” de
ahora, sin embargo no era así. Se iniciaban en alguno de ellos, y con la
maduración de las propuestas, el conocimiento de las finalidades perseguidas y
sus propias convicciones, cambiaban de postura para el resto de sus días.
Por todo esto vemos en nuestra historia a
personajes que lucharon codo a codo y luego se enfrentaron como enemigos. Parte
de esto ayuda a explicar estos hechos que relatamos.
Uno de los más controvertidos de nuestro pasado
histórico, fue el Motín de Arequito (Provincia
de Santa Fe), protagonizado por buena parte del Ejército Auxiliar
del Alto Perú (Ejército del Norte), que se negó a ser instrumento contra los
caudillos del Litoral que pugnaban por imponer el sistema federal como sustento
para la integración política nacional.
Dos cordobeses que luego se enfrentarían (Juan Bautista Bustos y José María Paz), y un tucumano (Alejandro Heredia), fueron los inspiradores, y
Bustos será quien lleve a cabo la sublevación el 8 de enero de 1820. Un
santiagueño (Juan Felipe Ibarra), le haría más tarde apoyo logístico a los
sublevados.
El Motín de Arequito fue un hecho de insospechadas
consecuencias en nuestra historia, con secuelas concatenadas en aquel año de
1820, tan importantes como:
·
El principio del fin del Ejército
del Norte.
·
El
final de la Constitución que fundaba este país en una monarquía europea.
·
La garantía del triunfo federal de la Batalla de Cañada de Cepeda.
·
La firma del Tratado del Pilar y el Tratado de Benegas
·
La culminación del régimen
directorial de Rondeau.
·
La verdadera solidificación del
pensamiento federal y la unión de sus caudillos.
Por todo esto vale la pena repasar este pedacito de
historia que tiene como protagonista principal a Juan Bautista Bustos, verdadero y auténtico
“criollo” (nacido en América, de padres españoles), quien, por la falta de
respeto de los que escribieron la historia oficial, le quitaron protagonismo.
¿Quién
fue Juan?
Este cordobés
punillense nació en la Estancia de San José del valle de Santa María, el 29 de
agosto de 1779, tal vez en el
poblado que hoy lleva su nombre (Villa Bustos), ubicado a 2 km al sudoeste de
Cosquín.
Sus padres, dos
españoles provenientes de Lara, en la provincia de Burgos, dedicados a la cría
de mulares y comercio de cueros, tuvieron la posibilidad de educarlo como pocos
lo hacían en esos tiempos.
Su vocación por la
filosofía y las ciencias sociales y políticas la complementó iniciándose en la
carrera militar.
Fue Capitán de Milicias
de Córdoba, participó activamente en ambas invasiones inglesas, participó en 1810 entre los agitadores en favor de
la Revolución, y poco después se alistó en el Ejército Auxiliar del Alto Perú.
Sirvió así con Belgrano, Rondeau y Fernández
de la Cruz, hasta alcanzar en 1816
el grado de Coronel.
Apoyó al
General San Martín y a Güemes con hombres y recursos en su epopeya. El Libertador lo distinguió
encomendándole a Bustos una ofensiva por el norte (luego de la muerte de
Güemes), para complementar sus operaciones en el Perú. Nada de eso fue posible por voluntad de
Rivadavia que restó todo tipo de apoyo.
Su lucha por la
Córdoba federal lo lleva a ser su primer Gobernador y el defensor de sus ideas
ante su ex subordinado, el General José María Paz, quien militarmente lo superó
hasta aquel accidente que devino en la muerte algunos meses después.
El contexto de la época y su relación con Belgrano
Finalizado el
siglo XVIII y al comienzo del XIX, España se encontraba en guerra en Europa. Esto debilitó sus poderes en las colonias de América, las cuales aprovecharon para gestar sus independencias.
El Virreinato del Río
de la Plata se vio envuelto así en movimientos revolucionarios en mayo de 1810, cuando se creó
la junta de gobierno patriótica en Buenos Aires, en la cual Bustos adhiere al
saavedrismo.
Comenzaba además
una confrontación del incipiente gobierno central con las provincias del
interior que deseaban su autonomía. El origen de esas diferencias tenía que ver
con el avasallamiento económico y político que imponían los porteños hacia el
interior.
En 1814 Belgrano,
en su lucha hacia el alto Perú, pierde dos batallas: Vilcapugio (1 de octubre)
y Ayohuma (14 de noviembre). Por sus fracasos militares Belgrano le propone
tomar el mando a San Martín, a quien no conocía personalmente, sin embargo le
tenía un profundo respeto.
San Martín lo acepta pero quiere que Belgrano, por
su prestigio, quede al mando. Este no acepta y se ofrece como subordinado. San
Martín reconoce sus escasas habilidades como militar (tal como Belgrano
declarara repetidas veces), sin embargo declara que “es lo mejor que tenemos en Sud América”.
En 1815
el gobierno envía a Belgrano a Europa junto con Rivadavia (su casi
archienemigo), a solicitar reconocimientos del nuevo gobierno, “usando” su prestigio
y conocimientos. Su compañero de viaje tiene misiones secretas que Belgrano
desconoce y entrega a los ingleses el protectorado del Virreinato. En ese
ínterin San Martín le deja confiado a Güemes la defensa del norte y baja a Cuyo
a preparar el otro brazo del movimiento de pinzas hacia Lima.
Santa Fe se declaró
autónoma, adhiriéndose al grupo de caudillos federales del Litoral,
influenciados por José Gervasio Artigas.
El Director
Supremo Carlos María de Alvear (unitario y obviamente centralista), envió tropas al mando de Ignacio Álvarez Thomas para sofocar a los
santafesinos, pero la derrota sufrida por su ejército provocó la destitución de
Alvear.
Ignacio Álvarez Thomas asumió como Jefe
Supremo suplente, pero la continuidad de problemas con Santa Fe le causó su
derrocamiento, tomando el cargo de Director Supremo el General Juan Martín de Pueyrredón, quien siguió hostigando a Santa Fe.
En 1816 Belgrano regresa a Buenos Aires, viaja casi
inmediatamente a Tucumán para participar activamente en los acontecimientos de
la declaración de la Independencia y es nominado nuevamente para hacerse cargo del
Ejército del Norte, que pasó un año acantonado en la rústica fortaleza de La Ciudadela, a un par de
kilómetros al sudoeste de la Plaza Mayor de la ciudad de San Miguel de Tucumán,
sin recursos para seguir la guerra, y tratando de contrarrestar los posibles
contraataques de los realistas.
Bustos, incorporado al Ejército
del Norte se convirtió en uno de los oficiales de confianza de Belgrano,
alcanzando el grado de Coronel Mayor.
En 1818 el Ejército cae en un fuerte
desprestigio por la ausencia del apoyo del Buenos Aires y se recrudece la salud
de Belgrano. Aún en contra de sus ideas, Belgrano obedeció la
orden para no desacatar la incipiente organización política argentina, y partió
a mediados de febrero de 1819 desde Salta hacia Desmochados (próximo a Rosario de Santa Fe),
para auxiliar al ejército directorial del General Viamonte.
Ese año surgió un
jefe de milicias santafesinas (antiguo oficial de Manuel Belgrano, formado en el cuerpo de Blandengues), el Brigadier Estanislao López, quien ejercía su autoridad
como Gobernador de Santa Fe, siendo uno de los aliados de Artigas.
Parte del ejército de
Belgrano, al mando de Bustos, debió, por orden del Directorio, enfrentar a los
federales. A principios de noviembre, en Fraile Muerto (hoy Bell Ville), Bustos
fue derrotado por López (quien luego sería su aliado y amigo).
Al año siguiente le llegan órdenes de Rondeau para
que baje a Santa Fe para luchar contra los rebeldes de Estanislao López. Belgrano
comienza a desplazarse, pero sabe que no va a llegar. Está muy enfermo y se
afinca en Pilar, cerca de Río Segundo (Córdoba), rechazando la ayuda sanitaria
que le ofrece el gobierno local para no abandonar la tropa.
En ese estado de cosas el Ejército está en muy malas
condiciones para movilizarse, y desde Buenos Aires le sugieren que expropie
caballada y armas. Belgrano, contrariando una vez más las órdenes del poder
central, se niega a expropiar a su paso bienes y alimentos para el Ejército
porque el gobierno de Buenos Aires no envía ayuda.
No acudirá al terrorismo como lo hace el ejército
porteño y dice:
“Siempre se divierten los que están lejos de las balas y
no ven la sangre de sus hermanos, ni oyen los ayes de los infelices heridos.
Estos también son los mismos los que, a propósito, critican las determinaciones
de los jefes. Por fortuna dan conmigo que me río de todo y que hago lo que me
dicta la razón, la justicia y la prudencia. No busco glorias sino la unión de
los americanos y la prosperidad de la patria”.
“Digan lo que quieran los hombres (de Buenos Aires), sentados en sofás o sillas muy bonitas que
disfrutan de comodidades mientras los pobres diablos andamos en trabajos. A
merced de los ‘humos de la mesa’ cortan, tasan y destruyen a los enemigos, con
la misma facilidad con que empinan una copa”.
En febrero de 1819,
en La Herradura (al sur de Villa María, sobre el Río Tercero), Bustos,
reforzado ahora con escuadrones de Paz y de Lamadrid, pudo frenar al
santafesino López.
El 10 de marzo se
produjo un nuevo combate en Las Barrancas, Córdoba, en el que las fuerzas de
López se impusieron sobre las de Buenos Aires mandadas por Viamonte, quien había tenido que replegarse en Rosario luego de la
derrota frente a los federales.
El 12 de abril,
Belgrano viajó expresamente a Santa Fe para firmar con Estanislao López el
Pacto de San Lorenzo, que puso fin transitoriamente a la lucha entre Buenos Aires
y el Litoral, pero cuyos efectos durarían pocos meses, pues en noviembre se
reanudaron las hostilidades.
Belgrano envió
correspondencia a Pueyrredón comunicando el armisticio que había acordado con
López para evitar luchas internas.
El objetivo del Gobierno Central era claro:
utilizar los ejércitos más fuertes de la patria para someter y terminar con las
ideas de los grupos federales provincianos, que estaban en desacuerdo con la
forma de organización política existente, y pretendían la autonomía de todas
las provincias del interior.
Pueyrredón programaba
para la Patria en formación una solución monárquica europea. Sancionada en
abril de 1819 la Constitución unitaria y monárquica que este reclamaba para su
proyecto borbónico o lusitano (según fuese factible), nuevamente el Ejército
del Norte vino a ser utilizado como fuerza gendarme contra el frente federal
artiguista, que luchaba contra portugueses y porteños. Estanislao López
y Francisco Ramírez, como líderes
federales y artiguistas, resistieron el poder directorial enfrentándose al
centralismo porteño.
Belgrano
continuamente se quejaba a las autoridades nacionales de la inutilidad de esa
guerra y advertía al gobierno que la población de las provincias estaba
descontentas del centralismo:
"Hay mucha equivocación en los conceptos: no existe tal facilidad de
concluir esta guerra; si los autores de ella no quieren concluirla, no se
acabará jamás... El ejército que mando no puede acabarla, es un imposible. Su
único fin debe ser por un avenimiento... o veremos transformarse el país en
puros salvajes..."
Pueyrredón insiste
que al Ejército Auxiliar del Norte, baje a combatir
a los federales.
Belgrano, desde
San Lorenzo retornó a Pilar, convencido que una guerra fratricida no debería
ocurrir. Optó por acatar la orden a medias, en parte por absoluta convicción, en
parte por ingresar en la peor etapa de su enfermedad, y pidió licencia
delegando el mando en el General Francisco
Fernández De La Cruz, y asumiendo como Jefe del Estado Mayor el Coronel Juan Bautista Bustos. Belgrano, ya sin las responsabilidades del Ejército, regresó a
Tucumán.
El 9 de junio de 1819, José Rondeau reemplazó a Pueyrredón (ambos unitarios o
centralistas porteños), como Director Supremo y volvió a insistir a los Ejércitos del Norte y de
Los Andes, que se dirigieran a Buenos Aires para luchar contra López y Artigas.
El Directorio
insistía en su empeño y ordenó a De La Cruz que acudiera a Santa Fe y Buenos
Aires. El General ya conocía cierta disconformidad en parte de su tropa, por
actuar en las luchas internas del país.
Ante la abstención
de Belgrano, Pueyrredón pidió al General José de San Martín, quien se encontraba en Mendoza alistando al Ejército de Los Andes, que interviniera en la lucha interna. Tanto San Martín como Belgrano
sostenían que solo se debía luchar para vencer a los ejércitos españoles.
Llegando a la Posta de Arequito
El Ejército, ya al
mando de Fernández De La Cruz, recibió la orden de marchar hacia Buenos Aires y
partió desde el campamento de Pilar el 12 de diciembre de 1819. Su Ejército estaba
formado aproximadamente por 3.000 hombres y 60 carretas.
El 7 de enero de 1820 el Ejército se
encontraba cerca de Guardia de la Esquina (a 20 km de Arequito). Buena
parte de la tropa mal pagada, harapienta, y lejos de sus hogares, consideraban
que la lucha que iban a emprender era ajena a sus causas y comenzaron a manifestar
la posibilidad de que ocurriera una sublevación por no querer inmiscuirse en
las luchas internas sino seguir defendiendo al país del enemigo exterior.
El sofocante calor
de enero hacía más penosa la marcha. Al atardecer los soldados acamparon en la
cercanía de la Posta de Arequito. El día siguiente sería el de la sublevación.
El tiempo de
luchar contra sus “hermanos de sangre” había terminado y Bustos abraza
definitivamente el bando federal “del interior”, aquel que representaba Facundo
y Peñaloza, entre otros. Más de la mitad de las tropas del Ejército del Norte rechazaron
a su nuevo jefe, y se negaron a dirigirse a Santa Fe para combatir a las tropas federales.
La sublevación fue
comandada por el Coronel Juan Bautista Bustos, junto con el Coronel Alejandro Heredia y el Mayor José María Paz, quienes
detuvieron a los otros jefes: Cornelio Zelaya, Gregorio Aráoz de Lamadrid, Blas José Pico, José León Domínguez, Francisco Antonio Pinto y al General
Francisco Fernández De La Cruz.
Una parte del
Ejército comandado por Bustos, acampó a unos 800 metros del resto de las
tropas. En la noche, el Cuerpo de Dragones arrestó a su comandante. Igual
actitud tomaron los Regimientos de Infantería 2, el Batallón 10 y una parte del
Escuadrón de Húsares. Las órdenes del arresto habían sido impartidas por Bustos
y Heredia. Las tropas sublevadas se separaron del resto y acamparon a cierta
distancia.
Al amanecer, se
encontraban enfrentadas dos facciones del mismo Ejército. Los leales a De La
Cruz, de espaldas al Río Carcarañá, sumaban
1.400 hombres. Enfrente, los sublevados al mando de Bustos, eran 1.500
soldados. Ambos bloques pasaron toda la mañana negociando para no enfrentarse
en una batalla.
Los sublevados
liberaron a los prisioneros y a cambio De La Cruz acordó entregarles la mitad
de pertrechos y carretas, pero al mediodía los leales se pusieron en marcha
desobedeciendo lo pactado. Ante esto, 500 hombres a caballo al mando de
Heredia, partieron desde el sector sublevado para reclamar a Fernández De La
Cruz que hiciera entrega de lo acordado. Diez kilómetros antes de Desmochados
(al oeste de Rosario), Heredia alcanzó al Ejército.
En ese momento, la
vanguardia de los leales había sido atacada por los gauchos de López, por lo
que Fernández De La Cruz se vio obligado a aceptar el pedido de Heredia y
ordenó la contramarcha.
Al anochecer, los
dos Ejércitos volvieron a quedar enfrentados. Esa noche, varios batallones de
De La Cruz desertaron y se unieron a los sublevados.
Al amanecer del
día 9 de enero, 400 montoneros santafesinos volvieron a hostilizar al Ejército
leal. La caballería sublevada de Bustos buscaba el contacto con los hombres de
López para fijar su nueva posición política.
Los oficiales
sublevados informaron a los gauchos de Estanislao López la ruptura que se
había producido en el Ejército y sus motivos, ante lo cual los santafesinos se
retiraron y por último, Fernández De La Cruz entregó a Bustos toda la fuerza y
pertenencias de su Ejército.
“Las armas de la Patria, distraídas del todo de su objeto principal, ya
no se empleaban sino en derramar sangre de sus conciudadanos, de los mismos
cuyo sudor y trabajo les aseguraba la subsistencia”.
El 12 de enero Bustos
escribió a Estanislao López: “Puede
considerarme un amigo sólo interesado en la felicidad del país, casi arruinado
por la guerra civil que debemos terminar de modo amistoso”.
Tal hecho facilitó
(aunque con muchas alternativas), la unión y el triunfo de las ideas federales
en Argentina y significó el fin del Gobierno Central.
Para evitar
derramamientos de sangre, Fernández De La Cruz (ya declarado formalmente
unitario), continuó la marcha hacia Buenos Aires con algunos oficiales,
mientras que Bustos se declaró neutral en el enfrentamiento interno y regresó
con el resto de las tropas no sublevadas a Córdoba, en marzo de 1820.
Bustos tomó el gobierno de la
Provincia de Córdoba contra la postura
de Paz y otros militares compañeros de su reciente sublevación que intentaban
dirigirse a la frontera norte, amenazada por los españoles y sus adeptos. Paz
siempre albergó la idea de ser el gran conductor del Ejército del Norte.
Paz intentó derrocar a Bustos,
pero fue obligado a retirarse a Santiago del
Estero, donde permaneció dos años fuera
de la política.
“Juan Bautista Bustos y los tres jefes que lo
secundaron, eran militares de carrera y no improvisados milicianos carentes de
conocimientos profesionales y políticos. De ello se deduce que su intervención
en el hecho fue una decisión muy analizada.
Arequito, supone la rebeldía de los patriotas que
combatieron al enemigo exterior y que en la Posta santafesina se negaron a
entrar en las luchas internas de la República, (concretamente se negaban a
luchar contra las fuerzas del santafesino Estanislao López o todo otro
ejército argentino que siguiera el ideario de José Gervasio Artigas).
La Sublevación de Arequito cerró la etapa de las
luchas por la Independencia, para abrir el proceso de la organización como
Estado integrado. La posterior derrota de las tropas unitarias en Cepeda y el Tratado del Pilar que reconoció a Entre Ríos como provincia, fueron
consecuencias de la sublevación.
A partir de entonces, la mentalidad provinciana
afloró en el escenario político del país y la idea de organizarlo bajo moldes federalistas
cobró impulso. El fin del proceso ocurrió en la Batalla de Pavón, donde Mitre
venció a la Confederación Argentina e impuso a
los vencidos aceptar una república con un sistema federal, pero controlada y
dirigida por Buenos Aires”.
Consecuencias del Motín de Arequito
· Una de las consecuencias directas de este hecho fue
decretar el principio del fin del Ejército del Norte, creado allá
por 1810. Los restos del Regimiento 2 de Infantería se integraron al Ejército
de Córdoba.
Desaparecieron el
Regimiento 3 de Infantería y el Regimiento 10 de Infantería, también el de
Dragones de la Nación y los Húsares de Tucumán.
Al frente de una
parte de estos cuerpos, Alejandro Heredia se pondría a las órdenes de Güemes,
pero no regresaría al frente norte. El Coronel José
María Paz lo intentaría más tarde pero la historia de ese ejército ya estaba
terminada.
· La Batalla de Cepeda (Batalla de la Cañada de
Cepeda o Batalla de los Diez Minutos), se llevó a cabo el 1 de febrero de 1820. Fue la primera de las dos llevadas a cabo en la cañada del arroyo Cepeda (afluente del Arroyo del Medio que divide las provincias de Buenos Aires y Santa Fe), a unos
5 kilómetros al este del pueblo de Mariano Benítez (norte de la
provincia de Buenos Aires).
La batalla
enfrentó a los unitarios del Director José Rondeau, y a los federales de la unión de las fuerzas entre Estanislao López, y Francisco Ramírez, ambos
lugartenientes del General José Artigas.
Fue un enfrentamiento
muy breve. Los federales resultaron victoriosos, causando la disolución de las
autoridades nacionales: el Directorio y el Congreso Nacional.
Se inició así el
período denominado la Anarquía del Año XX en donde surgieron
las autonomías provinciales. El país quedó
desde entonces integrado por trece provincias autónomas, aquellas que
despectivamente Mitre les llamaba “los
trece ranchos”.
Bustos
propugna la reorganización del país bajo
el sistema federal.
El primer documento en que Bustos plantea la necesidad de reorganización general es la circular del 3 de febrero de 1820, convocando a un Congreso que realizaría sus primeras sesiones en Córdoba.
“Las facciones que se han alternado en
Buenos Aires desde el 25 de Mayo de 1810 arrebatándose el gobierno las unas a
las otras se creyeron sucesoras legítimas del trono español respecto de
nosotros, y con un derecho ilimitado a mandarnos sin escuchar jamás nuestra
voluntad”.
"Es
un enunciado implícito de la igualdad de todas las provincias. Partiendo de esa
igualdad habrá de sostener la idea federal. Continúa diciendo: “Es necesidad que todos nos apuremos a
cimentar el nuevo sistema federal, que es el único adaptable a las presentes
circunstancias y al que la mayor parte de estas provincias ha tendido
continuamente”.
Ese
Congreso reorganizador hubiese tenido que dictar la Constitución, y en ese
sentido se promulga en Córdoba un Reglamento Provisorio. El ansiado Congreso
aún no se había reunido y a comienzos de
1821 se piensa que se está cerca de su instalación.
El
mismo Reglamento Provisorio aconseja que el Gobierno Nacional quede a cargo de
los tres poderes, con un ejecutivo nacional, unipersonal y un legislativo
compuesto por los representantes de las provincias, tantos como pueda sostener
su erario, siempre que no exceda de uno por cada 15.000 habitantes.
Como consecuencia del resultado de Cepeda fue el Tratado del Pilar, firmado en esa localidad el 23 de febrero de 1820, entre Manuel de Sarratea (electo como
gobernador provisorio de la Provincia de Buenos Aires), y dos de los gobernadores de la Liga Federal: Estanislao López (Santa Fe) y Francisco Ramírez (Entre Ríos).
Por
el mismo, la provincia de
Buenos Aires reconocía
a las demás el derecho de darse su propio gobierno y daba por extinguido el Congreso de Tucumán.
Todo
el norte del territorio de Buenos Aires fue invadido por los caudillos, que
llegaron en pocos días a los alrededores de la ciudad de Buenos Aires. El Director Supremo Rondeau renunció el 11 de febrero de 1820.
Las principales
disposiciones del tratado fueron que:
· Proclamaba la unidad nacional y el sistema federal .
· Convocaba, en el plazo de 60 días, a una reunión de
representantes de las tres provincias en el convento de San Lorenzo, para convenir la
reunión de un congreso que permitiese reorganizar el gobierno central.
· Establecía el fin de la guerra y el retiro de las
tropas de Santa Fe y Entre Ríos a sus respectivas provincias.
· Buenos Aires se comprometía a ayudar a las otras
provincias en caso de ser atacadas por los luso-brasileños.
· Los ríos Uruguay y Paraná se declaraban navegables para las provincias
amigas.
· Concedía una amplia amnistía a los desterrados o
perseguidos políticos.
· Determinaba el enjuiciamiento de los responsables
de la administración anterior “por la repetición de crímenes con que se comprometía
la libertad de la Nación”
· Disponía la comunicación del tratado a José
Artigas, “para que siendo de
su agrado, entable desde luego las relaciones que puedan convenir a los
intereses de la Provincia de su mando, cuya incorporación a las demás federadas, se miraría como un dichoso
acontecimiento”.
Los resultados del Motín también tuvo importancia en la promoción del Tratado de Benegas (llevado a cabo en la estancia del “finado Tiburcio Benegas a las márgenes del Arroyo del Medio”), el 24 de noviembre de 1820.
El mismo disponía: la paz, armonía y buena correspondencia entre Buenos Aires y Santa Fe; la reunión de un Congreso Nacional de diputados en la ciudad de Córdoba, con el objetivo de organizar al País y la remoción de todos los obstáculos que pudiesen hacer infructuosa la paz.
El Congreso
Nacional, previsto para enero de 1821, no pudo
concretarse por la oposición de Buenos Aires, especialmente del ministro Bernardino Rivadavia, que impulsó el Tratado del Cuadrilátero de 1822. Este se firmó
(dejando expresamente a Córdoba de lado contra las intenciones de
Bustos), entre representantes de Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes.
El
tratado buscaba ser un pacto ofensivo-defensivo entre las provincias firmantes
ante un ataque luso-brasileño desde la Banda Oriental,
lo cual era visto por Rivadavia como muy probable, con el riesgo que
comprometiera a “su” Buenos
Aires.
Bustos y Paz. Los eternos desencuentros
En 1825, al terminar el período de
gobierno para el cual había sido elegido sus
partidarios lo propusieron para la reelección, pero el Congreso Provincial de Representantes, mediante una maniobra, impuso en el cargo a un político moderado de
tendencia unitaria llamado José Julián Martínez.
Esto despertó la ira de los
partidarios de Bustos que, con el apoyo de los comandantes de campaña (jefes de
las milicias rurales), disolvieron el Congreso y eligieron nuevos
representantes que, el 30 de marzo de 1825, lo consagraron nuevamente Gobernador.
Producido
el movimiento decembrista de Lavalle en 1828 (que
culminó con el fusilamiento de Dorrego), la
Legislatura de Córdoba otorgó a Bustos facultades extraordinarias para
enfrentar al gobierno unitario de Buenos Aires.
El Gobernador
expidió una proclama condenando en términos enérgicos a la revolución y procesando
al partido unitario.
“Quienes derrocaron al Gobierno general son los mismos que en
1814 pidieron a Carlos IV, un vástago de la Casa de Borbón, para que se pusiese
de rey entre nosotros (lo decía por
Rivadavia), los que en 1815 protestaron
al embajador español en el Janeiro, conde de Casa Flores, que si habían tomado
intervención en los negocios de América había sido con el objeto de asegurar
mejor los derechos de S.M. Católica en esta parte de América (lo decía por
Alvear), los mismos que en 1816 nos
vendieron a Juan VI entonces príncipe de Lucca (lo decía por Valentín Gómez
y Pueyrredón), en fin, los autores de
todas las desgracias en América.
Por eso uno
de los primeros objetivos militares de los decembristas fue atacar Córdoba y el
General Paz, al frente de una fuerza de 1.000 hombres, la invadió. Como
guardaba respeto por Bustos quiso negociar, pero éste no aceptó las
imposiciones unitarias.
La Batalla de San
Roque (lugar del actual Lago San Roque en Córdoba), en abril de 1829, puso fin a su administración y a
su carrera política, pues su antiguo camarada y subordinado en Arequito, no
sólo lo derrotó militarmente sino que lo depuso como gobernante.
Juan
Bautista Bustos huyó a La Rioja buscando la protección de Facundo Quiroga que
por supuesto encontró, y le dice:
"Es necesario
hacer ver a estos serviles que no somos caciques, sino unos amantes de la
libertad de nuestra patria y nuestros pueblos."
A las
órdenes del caudillo riojano combatió en la batalla de La Tablada el 22 de junio
de 1829, donde el General Paz “con
movimiento de contradanza” (según la expresión del “Tigre de los Llanos”),
obtuvo una brillante victoria.
El ejército comandado por Paz, numéricamente
inferior pero mucho más disciplinado, mejor pertrechado y con abrumadora
superioridad de artillería y dirigido por un extraordinario táctico-estratega,
derrotó a las fuerzas de Quiroga.
Bustos combatió con extraordinaria valentía, pero
al retirarse fue sorprendido cerca del Molino de las
Huérfanas, por una patrulla enemiga que lo avista, persigue e intima a la
rendición. Trató de resistirse pero, su brazo herido, no pudo blandir su
espada.
El paisaje en que queda encerrado es una alta barranca casi cortada a
pique hacia el río, pero Bustos no se entrega. Vuelve grupas, le cubre a su
caballo los ojos con el poncho, clavó espuelas lanzando el animal a la carrera
que saltó desde el abrupto barranco hasta el lecho del río.
El animal terminó horriblemente fracturado por el golpe y Bustos sufrió
graves consecuencias ante el impacto de su pecho contra la cabeza del equino. A
pesar de sus heridas, Bustos gana la orilla y se refugia en una de las quintas
de la costa del río, donde sus dueños atenuaron sus dolores.
Luego marchó a pie (y hasta fue cargado en carretilla por gente que lo
apreciaba), hacia su destino final, Santa Fe, adonde arribó el 10 de julio
siendo recibido por Estanislao López (su otrora adversario), con el rango que
Bustos merecía.
Lo recibió cordialmente y le procuró todo tipo de cuidados, dándole asilo como a toda su familia, que llegó después, desterrada
por Paz.
El 18 de setiembre de 1830,
muere a los 51 años de edad, en parte como consecuencia de las secuelas de las
heridas sufridas.
Sus restos fueron inhumados en predios del Convento de Santo Domingo. El
complicado regreso de estos a Córdoba forma parte de otro capítulo de nuestra
historia reciente.
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